Hay lugares que no se valoran solo por lo que ofrecen, sino por lo que te hacen sentir. Y este camping es uno de ellos. Las parcelas son amplias, de esas que te dejan respirar, aunque no hay demasiadas donde elegir. A nosotros nos tocó una bastante desnivelada —de las que te obligan a sacar todo el ingenio campista—, pero al final, como casi todo en la vida, se arregla con calma, calzos… y un poco de paciencia. El trato del personal es, sencillamente, exquisito. Cercano, natural, sin artificios. De los que te miran a los ojos y te hablan como si te conocieran de toda la vida. El bar es una joya. No esperes modernidades ni postureo: es el bar de siempre. El del auténtico botellín de Mahou, conversación fácil y ese runrún de fondo que mezcla risas, platos y vida. De hecho, todo el camping tiene ese aire: parece un pequeño pueblo donde todos se conocen, donde uno deja de ser “cliente” para ser vecino, aunque solo sea por unos días. Los baños están limpios, cuidados… aunque hay un detalle que empaña un poco la experiencia: en todas las visitas faltaba papel higiénico. Más que un fallo del camping, parece cosa de la condición humana, que a veces flojea donde no debe. Y luego está el entorno. Y ahí, poco que decir: es sencillamente maravilloso. Naturaleza que abraza, silencio que cura y ese cielo que, cuando cae la tarde, te recuerda que no hace falta mucho más. Un camping con alma. Con sus pequeñas imperfecciones, sí… pero también con algo que no se compra ni se instala: verdad